Todos los que vivimos en Argentina conocemos la respuesta cuando preguntamos en un comercio por un producto específico: ¡No hay!
Las explicaciones que solemos escuchar son múltiples, aunque “los culpables” siempre suelen ser otros, por ejemplo “pedimos hace una semana al mayorista que todavía no entregó”, “el proveedor que está de vacaciones” o “por las trabas a la importación no entre el producto”. No dudando en la existencia real de estas causas, supongo que los comerciantes mismos tienen también parte de la responsabilidad por no haber anticipado el pedido, por no haber pagado al proveedor al tiempo, por no haberse dado cuenta de nuevos productos en el mercado, etc.
Este fenómeno es un buen ejemplo de lo que economistas llaman “fallas de mercado”. El comerciante puede permitirse el lujo de quedarse en la respuesta “no hay” porque el consumidor no encuentra alternativas, porque los otros comercios tienen el mismo hábito. La presión competitiva es muy baja. El más perjudicado es el consumidor que no solamente no encuentra el producto, sino tiene también altos costos de búsqueda.
¿Pero por qué se puede generalizar esta situación? Un problema es la falta de acceso de nuevos ofertantes en el mercado. En Chascomús vemos por ejemplo como la Cámara de Comerciantes se opone de la instalación de una superficie grande, argumentando que estos destruyen los pequeños comercios y el empleo local. Sin duda tienen razón, porque las grandes superficies suelen tener menos personal por volumen de venta. Por otro lado tienen una productividad laboral más alta, una mayor diversidad de productos y muchas veces precios más económicos.
Entonces hay que balancear los argumentos del empleo y de los intereses de los consumidores. La entrada de nuevos competidores podría ser visto también como un incentivo para los comerciantes locales de mejorar su modelo de gestión y atender mejor a sus clientes ofreciéndoles más productos, de mejor calidad y precio. Las economías de escala pueden realizar los pequeños comerciantes igual, a través de la colaboración, es decir la compra conjunta, marketing colectivo, etc.
Además el aumento de la productividad laboral puede bajar los precios de los productos. Las personas que pierden su empleo pueden dedicarse también a otras tareas o crear nuevos comercios de productos y servicios que todavía no se ofrece.
Claro, que la mejor atención a los clientes no es tarea solamente de los comerciantes locales. Una gran responsabilidad tiene también el estado local, provincial y nacional creando un buen clima de negocios, por ejemplo, desburocratizar la creación y el crecimiento de empresas.
Un tema de mayor envergadura es quitar la protección generalizada a la importación de productos de consumo del exterior. Tal protección deja descansar a la industria nacional en su posición de confort pudiendo decir a sus clientes de que no hay. Quien paga de vuelta es el consumidor local.
Finalmente, los consumidores mismos tienen también su parte de la responsabilidad. Conformarse con un “no hay” y seguir comprando lo que hay, no incentiva al comerciante de ponerse las pilas. La educación del consumidor y una mayor transparencia en los mercados ayudaría también de incrementar una sana presión competitiva.







