El Salvador exporta miel de excelente calidad y los consumidores locales quedan con productos inferiores

Miel de abeja 100% pura

La semana pasada facilité conjuntamente con Haydeé Ayardi y Mauricio Chacón un seminario-taller CALIDENA con actores de la cadena de miel y representantes de organismos públicos responsables de vigilar la inocuidad y calidad de productos en El Salvador. Esta activida es parte de la Cooperación Internacional del Instituto Nacional de Metrología de Alemania (PTB).

El Salvador exporta la mayor parte de su miel a Europa, en primer lugar, a Alemania. La Unión Europea es muy exigente en los requisitos respecto a la sanidad alimentaria. Los llamados países terceros deben establecer un sistema de monitoreo y control equivalente al europeo. Esto significa que el Ministerio de Agricultura de El Salvador inspecciona los apicultores y las plantas de exportación de forma bien rigurosa. Para cada lote enviado a Europa se toma una muestra que es analizada por un laboratorio europeo. Así, no es sorprendente que los compradores califican la miel salvadoreña como “una de las mejores del mundo”.

Al contrario, para los productos en el mercado nacional no se aplica el mismo procedimiento. No se toman muestras del producto y tampoco hay análisis en laboratorios. De hecho, los laboratorios salvadoreños no analizan de forma sistemática la inocuidad de la miel. Así el consumidor local no sabe, si el producto que compra en el mercado popular o en el supermercado sea inocuo y de buena calidad. La etiqueta “miel de abeja 100% pura” se ve bonita, pero no se basa en ninguna prueba seria.

En la jerga de los economistas se habla de “asimetría de información” que ayuda a los ofertantes de productos inferiores y discrimina los productos de mejor calidad. El Premio Nobel, George Akerlof, ilustra este fenómeno con el ejemplo del mercador de autos de segunda mano: La gente que compra automóviles usados no sabe si son “limones” (automóviles malos) o “cerezas” (automóviles buenos). Los vendedores, por otra parte, sí tienen esta información. A un precio dado los vendedores estarán más dispuestos a vender “limones” que “cerezas”, guardando los automóviles buenos para ellos. Así, los compradores aprenderán a suponer que todos o casi todos los automóviles usados son “limones”. Esto deprime el precio de los automóviles usados, de tal forma que más “cerezas” se mantienen fuera del mercado. El mecanismo del precio falla en mantener los “limones” fuera del mercado, incluso en un mercado competitivo.

¿Cómo remediar esta situación? La respuesta es obvio, hay crear más transparencia sobre las diferentes calidades. En el caso salvadoreño recomendaos que la cadena de la miel defina una norma propia de miel de excelente calidad. La conformidad de estos requisitos podría ser evaluada por un organismo de certificación. Este emitiría un sello que marca los envases de miel de excelente calidad. De esta forma el consumidor puede distinguir los productos y posiblemente estaría incluso dispuesto de pagar un precio premium. De esta forma se crea presión a los otros productores de miel de mejorar la calidad. En fin, esperamos que se introduzca este sello y que sirva para que los consumidores locales puedan disfrutar también de miel excelente producida en su país.

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El dudoso lujo del “no hay”

Todos los que vivimos en Argentina conocemos la respuesta cuando preguntamos en un comercio por un producto específico: ¡No hay!

Las explicaciones que solemos escuchar son múltiples, aunque “los culpables” siempre suelen ser otros, por ejemplo “pedimos hace una semana al mayorista que todavía no entregó”, “el proveedor que está de vacaciones” o “por las trabas a la importación no entre el producto”. No dudando en la existencia real de estas causas, supongo que los comerciantes mismos tienen también parte de la responsabilidad por no haber anticipado el pedido, por no haber pagado al proveedor al tiempo, por no haberse dado cuenta de nuevos productos en el mercado, etc.

Este fenómeno es un buen ejemplo de lo que economistas llaman “fallas de mercado”. El comerciante puede permitirse el lujo de quedarse en la respuesta “no hay” porque el consumidor no encuentra alternativas, porque los otros comercios tienen el mismo hábito. La presión competitiva es muy baja. El más perjudicado es el consumidor que no solamente no encuentra el producto, sino tiene también altos costos de búsqueda.

¿Pero por qué se puede generalizar esta situación? Un problema es la falta de acceso de nuevos ofertantes en el mercado. En Chascomús vemos por ejemplo como la Cámara de Comerciantes se opone de la instalación de una superficie grande, argumentando que estos destruyen los pequeños comercios y el empleo local. Sin duda tienen razón, porque las grandes superficies suelen tener menos personal por volumen de venta. Por otro lado tienen una productividad laboral más alta, una mayor diversidad de productos y muchas veces precios más económicos.

Entonces hay que balancear los argumentos del empleo y de los intereses de los consumidores. La entrada de nuevos competidores podría ser visto también como un incentivo para los comerciantes locales de mejorar su modelo de gestión y atender mejor a sus clientes ofreciéndoles más productos, de mejor calidad y precio. Las economías de escala pueden realizar los pequeños comerciantes igual, a través de la colaboración, es decir la compra conjunta, marketing colectivo, etc.

Además el aumento de la productividad laboral puede bajar los precios de los productos. Las personas que pierden su empleo pueden dedicarse también a otras tareas o crear nuevos comercios de productos y servicios que todavía no se ofrece.

Claro, que la mejor atención a los clientes no es tarea solamente de los comerciantes locales. Una gran responsabilidad tiene también el estado local, provincial y nacional creando un buen clima de negocios, por ejemplo, desburocratizar la creación y el crecimiento de empresas.

Un tema de mayor envergadura es quitar la protección generalizada a la importación de productos de consumo del exterior. Tal protección deja descansar a la industria nacional en su posición de confort pudiendo decir a sus clientes de que no hay. Quien paga de vuelta es el consumidor local.

Finalmente, los consumidores mismos tienen también su parte de la responsabilidad. Conformarse con un “no hay” y seguir comprando lo que hay, no incentiva al comerciante de ponerse las pilas. La educación del consumidor y una mayor transparencia en los mercados ayudaría también de incrementar una sana presión competitiva.